sábado, 26 de enero de 2008

Gustavo Iabrra Merlano


Un devoto de la bella poesía

Gustavo Ibarra Merlano, nacido en Cartagena de Indias en 1919, se inició en la lectura de los clásicos españoles, el descubrimiento exaltado de Garcilaso y la Generación del 27, en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario en Bogotá.
Su devoción de asceta y su pasión por la cultura griega, lo llevaron a descifrar a los trágicos griegos, los poetas del Siglo de Oro español y a algunos autores católicos, como Kierkegaard y Paul Claudel. En aquella Bogotá dormida , lluviosa y virreinal, como la atmósfera de aquellos versos, el joven lector conoció luego en la Normal Superior, al director del plantel, el escritor y psiquiatra José Francisco Socarrás, quien convirtió la Normal Superior en una constelación de inteligencias, como el americanista Paul Rivet, José Francisco Cirre, profesor español experto en la Generación del 27, y Pedro Urbano González.
Discreto y esencial, Ibarra Merlano, el mayor de cinco hermanos, estudió Filología y Derecho en la Universidad La Gran Colombia, de Bogotá, y ejerció su profesión en el ramo de aduanas. De regreso a Cartagena fue suplente en la cátedra de Grecia que dictaba el Padre García Herreros en el colegio San Pedro Claver. De aquellas clases de griego en el año 1948, uno de sus alumnos, el poeta Félix Turbay, recuerda la erudición sensitiva de Ibarra y la estatura espiritual de "un ser excepcional que entraba al colegio San Pedro Claver, y en cinco minutos, entraba ya a tu alma. Se posicionaba con su finura intelectual y su ternura, en el corazón de sus alumnos, nos leía fragmentos de poemas, y se involucraba de una manera mágica en la vida de sus estudiantes. No auscultaba conciencias sino soledades humanas".
"Siempre estábamos estudiando a Sófocles en Cartagena. Me interesaba y me atraía considerablemente la tragedia griega, la mitología y la filosofía griega. Pero mi sueño en verdad era ir a Grecia. Fue un sueño tardío pero hermoso que cumplí después de los 60 años. Los sueños retardados son mejores". En ese viaje de cuatro meses de deslumbramiento y de reencuentro con los paisajes y atmósferas que estaban en sus lecturas de toda la vida, reconoció un alto espíritu de la amistad, y, de igual manera, un deslumbrante espíritu poético entre los atenienses. "No salí de Atenas. Mi sorpresa en Atenas fue la Acrópolis, la cultura preclásica, que es tan grande, menos atrapada en la reja nacional y cartesiana. Está asistida por un vigor mítico. Tengo en estos tres libros: "Hojas de Tarja", "Los días navegados" y "Ordalías", obsesiones griegas que, a la postre, son obsesiones de todo lo humano. Hay un poema que se llama "La Torre de los Vientos". La Torres de los Vientos es un reloj hidráulico construido por el astrónomo andrónico en el siglo I antes de Cristo, y cuyos despojos aún se admiran en Atenas. Me impresionaron los vientos esculpidos, su intacta presencia en el tiempo".
En las páginas del Libro de Buen Amor, Ibarra Merlano estudió el concepto de amor en la literatura española, "el amor trágico en Calixto y Melibea y los conceptos de amor platonizante de León Hebreo en el Siglo de Oro. También indagó en los antecedentes de ese amor en la literatura griega, en los trágicos, tratando de hallar las características peculiares del desarrollo de sus personajes, que aunque eran los mismos en cada uno de los autores, de acuerdo con el mito, sin embargo tenían resonancias diferentes, tratamiento dramáticos diferentes, en donde se ponían de manifiesto, más que cualquiera explicación preceptiva, el temperamento dramático de Sófocles, el de Esquilo, el de Eurípides. Esas lecturas comparadas fueron las que permitieron acercarme a "La hojarasca" en una forma que Gabriel pudo ver con qué amor había sido recibida en medio de la cepa clásica, especialmente de Sófocles. Como resultado de esos estudios escribí un ensayo denominado "Concepto de honra y gracia en el Siglo de Oro español".
Con su modestia congénita, Ibarra Merlano confiesa que animó a García Márquez a leer las tragedias griegas. "Pero Gabriel no necesitaba de lecturas. Era un hombre nutrido de sus fondos propios, poseedor de una gran cultura novelística. Rojas Herazo, Clemente Manuel Zabala y yo, girábamos alrededor de la poesía. Recuerdo que Zabala vibraba, literalmente, con la poesía. Cuando algo le gustaba se sacudía la guayabera con la mano en el pecho".

El inicio poético
Los primeros poemas de Gustavo Ibarra Merlano aparecieron a principios de la década del cuarenta en la página "Lunes Literario", que dirigía el poeta José Nieto, en el diario conservador El Fígaro, que dirigía Eduardo Lemaitre, y en donde se creó el grupo Mar y Cielo, resonancia caribe del grupo Piedra y Cielo. "Nosotros no tuvimos ninguna influencia de Piedra y Cielo. Ni siquiera los conocíamos", dice José Nieto. "Mucho tiempo después, conocimos al poeta Jorge Rojas, de Piedra y Cielo, en los astilleros de El Arsenal. Cada vez que llegaba un poeta a la ciudad lo llevábamos donde Tito de Zubiría, que vivía en la Calle de la Moneda". Algunos de los textos del poeta Ibarra Merlano aparecieron con el seudónimo de Juan Maretta.
El capitán de ese convite de enviciados por la literatura era el poeta Jorge Artel, y en él participaban José Nieto, Jacinto Fernández y Gustavo Ibarra Merlano. Sin desdeñar la mirada enjuiciadora del poeta Luis Carlos López, los maricielistas buscaron una lírica con metáforas ingeniosas y excesivas, un intimismo marino y una cadencia evocativa de la poética española.
"El joven que yo evoco ahora después de sesenta años, era ya un Gustavo Ibarra Merlano de una extraordinaria erudición griega, era un gran conversador y un hombre que tenía pocos amigos", confiesa José Nieto, quien le publicó los primeros poemas en Lunes Literarios. José Nieto, reconoce que la lámpara de ese núcleo humano de escritores jóvenes congregados en la sede del periódico El Fígaro, en la Calle Don Sancho, de Cartagena, a principios de la década del cuarenta, era el poeta Jorge Artel. Animado por Artel, los jóvenes Ibarra Merlano y José Nieto publican sus primeros poemas.
Nieto reconoce que "Artel vio los primeros poemas que escribí y me animó a seguir escribiendo". Aquellos versos se publicaron en 1949 en un pequeño libro de poemas titulado El viento entre las jarcias, en ediciones Espiral Colombia. Lo mismo ocurrió con Gustavo Ibarra Merlano.
En un diálogo en el diario El Universal, el poeta Ibarra Merlano confesó que "yo siempre he tenido desde mis 18 años, un pudor virginal y desconcertante por publicar poesías. Para mí la poesía es una síntesis diamantina. "La Cartagena de 1940 cuando el grupo de El Fígaro, iluminado y presidido por el poeta Jorge Artel. Allí estaban Donaldo Bossa Herazo, Héctor Rojas Herazo, que tuvo una relación de amistad con el grupo, y José Nieto. Jorge Artel y Donaldo Bossa eran las cifras mayores de esa época, poéticamente hablando".
"Artel promovía y animaba con fervor a los jóvenes poetas. Donaldo, un poco más introvertido constituía en esos años, otra cifra importante de la poesía cartagenera. Artel fue el que miró mis primeros textos. A mí no me gustaba hablar con jactancia de poesía. Yo hablo de textos y no de poemas. El me animó a seguir trabajando en ese territorio. La otra época, la de 1948, estuvo integrada y animada por Clemente Manuel Zabala, un maestro tácito y una gran cifra humana".
Aquellos dos instantes culturales: 1940 y 1948, entre El Fígaro, en la Calle Don Sancho, y El Universal, en la Calle San Juan de Dios, en el corazón amurallado de Cartagena, señalaron el destino cultural de la Cartagena de mitad del siglo XX, en la mirada de Ibarra Merlano.
Entre la docencia, la complicidad de sus amigos escritores, los días de siembra en una finca de Ternera, Ibarra Merlano siguió estudiando la literatura griega.



El baldío La estructura del baldío con su hormiguero,
su hoja podrida en cierta rama,
su corteza de totumo entrañable
y su hormiguero caminante
lleno de intermitencia y detritus.
Un pueblecillo de entes negros
repliega su red sobre desechos montículos.
Venas de hojas muertas, lacerías de tragacanto,
Este es el baldío.
Agua silbante. Alto cocotero.
De la carcoma a la tierra que se despliega en la mano
con eterna sombra y espanto.
Total, suspendido.
En el patio había una mina,
había una mina de donde salía el tiempo.
Costas desiertas, bravías estructuras
de sal y roca, frente al mar incesante.
Aquí está el poema, mi palpitación segura
debajo del círculo de dureza.
Alzo mis ojos hasta el cielo de alarido
y cornamusa.
Como si fuera un extraño, en medio de estas durezas,
todo sigue siendo solo a pesar mío.
Después cuando a través de la música entera
ingresamos al baile, ¡dale negra!
En medio de los cobres punzantes.
Al baile ritual y áspero marchamos
como a una dura faena.
Libramos la batalla con clarines y tambores.
He aquí mi lenguaje tranquilo,
mi mugido de ingreso al tiempo.
Hojas claras de mango, hojas frescas de almendro,
en forma de vago ángel que oscila.
Zumo del clemón, calumnioso y horrendo,
abundancia color de gabán.
En la mitad del grito estalló el caimito,
que se inmola en el aire
como la pulpa misma de un secreto
que se enmohece fuera de sí.
La opulenta entraña de los totumos.
Congregación de suma dureza en la cañafístula
con su ungüento doloroso,
casi miel y casi podre
a medio morir entre profundos crótalos.

La hoguera descorrida He mirado el viento en el parque
amarillento y lejano
filtrarse en la enumeración de las hojas,
y la piedra de la iglesia
cantar en la aspersión de su onda dilatada,
y unir mi corazón al espacio total.
Sin pensar en nada he visto
el alumbramiento del tiempo.
Y una voz certera reunida
en el instante.
Tiempo de morir, de ver en el parque
la llama poderosa que consume.
Y volverme súbita pavesa
en la hoguera descorrida.
Profundidad del instante,
cayendo del límite del día al corazón,
plegándose en el vidrio
del transcurso,
al filo del alma,
al calor, a la voz,
Oh marea definitiva, te he visto
hundiéndome, hundiéndolo todo,
como un río por debajo de las cosas estables,
socavar la entraña del día,
en el gran naufragio del aroma y
la voz

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